Reencuentros…

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Después de permanecer dos años soltera, desde que me coloqué la última tirita en las grietas nuevas y antiguas de mi corazón, he tenido un reencuentro afortunado o no con un antiguo amor de la infancia.

Siempre estuvo enamorado de mi desde que nos conocimos aun sabiendo que yo nunca le amaría como él a mi.

Resumo un poco nuestra historia para escuchar vuestros consejos o simplemente os sentáis bien si estáis viviendo algo parecido.

Llamémosle León, por aquello de respetar la intimidad.

Nos conocimos hace unos 15 años aproximadamente, cuando pasaba con un grupo de amigas las navidades en Sierra Nevada. Al principio me fijé en su amigo, era menos “loco” que él y se le veía buen niño. Nos pasamos los dos o tres días de vacaciones todos juntos ya que habíamos alquilado casas contiguas y era mucho más fácil entablar amistad.

Como era de esperar terminé teniendo un idilio pasajero con su amigo…

Cuando me di cuenta, llevábamos unos meses los tres andando para arriba y para abajo siempre juntos, eramos unos críos y no teníamos maldad ninguna. En esos meses su amigo y yo cortamos relación quedando como grandes amigos, y entre ellos dejaron de ser las cosas como siempre, hasta el punto de no ser más amigos… Nunca supe por qué hasta hace poco (siempre sintió celos por mí y nunca le perdonó la relación que tuvo conmigo).

Seguí quedando con León durante semanas, meses, incluso años, como si fuera mi mejor amigo, pero en más de una ocasión me adelantaba que era la mujer de su vida y que siempre estará enamorado de mi. De vez en cuando teníamos nuestras tonterías, no penséis que me aprovechaba de el, en realidad me gustaba, incluso bastante, pero nunca estuve preparada para tener una relación en serio porque le veía a años luz de mis ideales y pensamientos. Hubo una época que estuvimos enredados más de la cuenta, digo más de la cuenta porque nunca quise hacerle daño y si lo hubiera sabido hubiera cortado antes cualquier relación. Era una época que yo me estaba formando académicamente y laboral con muchas cosas a la vez y finalmente me llamaron para una oferta de trabajo que estaba deseando coger.

Se lo comenté, me entendió, pero sufrió muchísimo.

Él seguía en los años de “instituto”, había repetido varias veces y no tenía ni idea qué hacer con su futuro y yo sí tenía clara las cosas. No le culpo, de hecho le hubiera apoyado y le apoyé durante muchos años con los ojos cerrados, ha sido la persona que más he querido y he sentido que me ha querido en mi vida…

Pasaron varios años en los que yo iba y venía y nos reencontrábamos, hasta que hace 5 años conoció a alguien y le dejé ser feliz.

Estos 5 años os aseguro que he pensado en él muchas veces. No habrá quien me conozca mejor que él jamás, pero cuando empezó con su novia ella “le prohibió” mantener cualquier contacto conmigo y lo entendí a la perfección, nos borramos de todos lados y no hemos sabido nada el uno de el otro hasta hace unos días.

Y ahora viene la mejor parte, el reencuentro.

Si, nos vimos hace dos semanas en un chat antiguo y sin darnos cuenta comenzamos a hablar al momento, cada minuto, cada hora y a lo largo del día entero desde que nos levantábamos hasta por la noche.

Pasé una semana dándole largas para quedar porque sabía que podía volver a pasar y no me sentía del todo preparada. Quedamos a la semana por fin y me sentí aliviada al no sentir absolutamente nada por él, de hecho le veía como el mismo inmaduro de siempre pero más bueno que el pan, podríamos funcionar como amigos de nuevo y no me venía mal tenerle cerca, le había echado mucho de menos.

En la segunda quedada, si, segunda, metimos la pata hasta el fondo…

Fuimos a cenar, vinos, cervezas y copas y ya os podéis imaginar el resto.

Al principio, los dos o tres días primeros me lo tomé como algo normal, un tonteo divertido entre dos amigos y alguna cama deshecha que otra. Siempre hablábamos de su ex novia y yo le hablaba de mi ex. Por lo visto lo dejaron hace 7 meses, ella a él, y no lo había pasado nada bien, pero que gracias al haberme encontrado se sentía mucho mejor y mucho más libre. Me sentía con ganas de darle cariño, abrazarle y apoyarle y cada día que pasaba nos encontrábamos más en armonía.

Empecé a mirarle fijamente, a entender lo que quería en su vida y me sorprendió ver que no era tan “niño” como yo creía. Me vi envuelta en su vida de nuevo, visita a su hermana, sus padres, quedadas… Y me sentía demasiado bien.

Una semana nos duró, nada más.

Nos encontrábamos desayunando el domingo pasado hablando de los planes de la semana. Había tenido vacaciones la semana pasada y el tiempo lo pasábamos juntos a todas horas, pero al volver a la rutina sabíamos que nos veríamos menos porque vivíamos a unos 30 km de distancia.

Me dijo que vendría a verme a mi casa, que nos iríamos a la playa el fin de semana si hacía bueno y que incluso me sorprendería alguna vez que otra en aparecer en la puerta de mi trabajo sin decirme nada con una bolsa de mis chuches favoritas.

Estábamos muy bien, hasta que de pronto recibió una llamada inesperada (inesperada según él, y siempre confiaré en él 100%).

Era su ex-novia. Le dije que se lo cogiera, en el fondo de mi ser sabía que si no se lo cogía delante mía y con confianza, se lo iba a coger de todas formas o llamarla a mis espaldas, prefería la primera opción. Viví una situación desagradable de medios insultos, medias tintas y medias explicaciones con frases como “si, estoy desayunando con ella y no sabes lo importante que es para mí, que por culpa tuya he estado 5 años sin saber de ella” (esto iba por mí y necesitaba un “tierra trágame y escúpeme en Bali…”).

Decidí apartarme de su conversación y sentarme en un banco cercano de la cafetería esperando que viniera a por mi. Pasaron 45 minutos y cuando estaba a punto de irme sin mirar atrás aparece con la cara blanca y las gafas de sol.

Le llevé hasta su coche, se había quedado conmigo a dormir el fin de semana y aun siendo un magnifico fin de semana no sirvió de mucho.

Me dio las gracias por estas dos semanas juntos, habían sido las dos semanas mejores de su vida en varios años de tristeza y agonía. Me daba las gracias por ser como soy y que siempre estará enamorado de mi y nos casaremos en un futuro.

Pero que ahora mismo no se encuentra bien…

Resumiendo, en varios mensajes mutuos del domingo al lunes, con algunas aclaraciones como “no voy a pedir que me esperes porque sería egoísta…”, aquí se ha acabado.

Dice necesitar aclararse y cerrar ese tema que tanto daño le ha hecho, pero sigo pensando que lo que quiere es intentarlo de nuevo con su ex novia.

Por mi parte, me ha dolido mucho, me ha hecho mucho daño la verdad, pero no le puedo pedir nada ya que en su día era yo la que no estaba preparada.

Por la suya, espero que sea feliz y que si se aclaran hacia mí, que no sea demasiado tarde, porque lo que estábamos construyendo sin darnos cuenta obviamente ya no será lo mismo y jamás volveré a confiar en él.

Él Leo, yo Acuario, según dicen somos la pareja perfecta y en las imperfecciones existe la perfección.

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Fin del club de los 5

En primer lugar gracias por leer mis 5 relatos de los 5 tipos de hombres, espero no haber ofendido a nadie y que hayáis disfrutado con mis anécdotas.

A partir de aquí, entraran nada más que eso, anécdotas, y seguiré y responderé cualquier pregunta o duda sobre estos tipos de hombres.

Espero que disfruteis de mi blog tanto como yo estoy disfrutando al escribirlo.

Un saludo a tod@s!

Número 5: El niño

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5# “Nunca jamás crezcas” Dijo Peter Pan

Este cuento que os voy a escribir a continuación, va de muchísima gente que he conocido a lo largo de mis años rondando entre países, y la gran mayoría han acertado en las mismas características. Pero como debo escribir algo que yo haya vivido en primera persona, eso haré, no sin antes avisaros que ésta sin duda es la mejor de todas las historias.

No me fui, nunca me he ido, siempre he estado en el mismo lugar aun habiendo mar, tierra y miles de kilómetros por medio entre mi “casa” y lo demás. Al final todo pájaro vuelve a su nido, o por lo menos eso dicen y ahora sí estaba preparada para hacerlo y lo hice porque yo quise. Me llamaron constantemente de mi antiguo trabajo, jefes, coordinadores, hasta gente de otros departamentos diferentes al mío, pero no podía seguir viajando, necesitaba un tiempo para mí y disfrutar de mi familia por fin.

Me instalé en casa de mis padres mientras buscaba alguna casa adecuada. Esta vez quería buscar algo realmente estable, una casa con piscina, algún chalet a las afueras, algo donde poder evadirme todos los días en mi pequeño mundo de fantasía. Volví a quedar con mis amigas de siempre y amigos, realmente nada cambia, siempre es lo mismo, pero se echaba de menos sentirse en casa. En mi ciudad siempre me he sentido muy querida, mucho. Gozo de grandes amistades y buenas compañías además de mucha gente conocida que me respeta y yo respeto. Así se vive muy bien, hay veces que pienso que por qué quise irme, huir de allí, si como en casa en ningún sitio. Quizás ese era el momento de volver, ni antes ni después.

Volví a viejas rutinas como apuntarme al gimnasio del barrio, dar paseos por el parque, sacar a la perra de mi abuela… Y entre tanto, salir a cenar, copas y demás con mis amigas de toda la vida (si supieran cuánto les había echado de menos… os dedico estas palabras). Una de tantas noches, me crucé con un antiguo “amigo” de la infancia, Lucas. Habíamos sido novios en el colegio, novios, lo máximo que hicimos fue cogernos de la mano. Estuvimos hablando toda la noche de todo lo que nos había pasado en estos largos años sin vernos y me lo pasé en grande esa noche. Por cosas de la edad, ya que la edad no perdona ni el reloj biológico se para, se casaba uno de mis mejores amigos con su novia de toda la vida, que casualmente me di cuenta más tarde. Fue una boda de lo más bonita en la playa, todos descalzos, velones grandes por la orilla, una celosía de flores blancas y muchos amigos de toda la vida. De repente me sonó el móvil, WhatsApp de Lucas con un Selfie suyo vestido de chaqueta, yo le reenvié otro vestida con mi traje turquesa y los dos reímos al saber que habíamos coincidido en la misma boda. Estuvimos toda la noche juntos, bailando, haciendo bromas con nuestros amigos, cantando, disfrazándonos, nos marcamos hasta un Pulp Fiction en medio de la pista. Como no siempre venía la típica amiga a decirte “oye, ¿te gusta Lucas o qué?”, otra con un “uy! que buena pareja hacéis” …etc. Pero para nada entraban en mis pensamientos nada de eso, ni mucho menos, era mi amigo y que siguiera así por mucho tiempo.

Había días que me despertaba a las 3 de la mañana porque no podía dormir para que le contara alguna tontería hasta quedarse frito, no me importaba que lo hiciera, me reía mucho con él. Vivía todavía en casa de sus padres, incluso teniendo varios trabajos que le daban para ahorrar. Se movía de un lado a otro en un coche enano que tan siquiera necesitas carnet, podía perfectamente permitirse un coche y no se lo compraba por vago. Sí que había días que solía enfadarme mucho, le daba por desaparecer sin aviso y volvía a aparecer a los días, a la semana o semanas incluso, pero siempre volvía con algún mensajito y alguna excusita tonta que terminaba perdonándole. Éramos uña y carne, grandes amigos, de los de verdad, de hecho, cuando salíamos juntos y le preguntaban si yo era su novia él contestaba con un “que va! Es mi prima fea del pueblo, tengo que sacarla a la calle porque si no nadie la saca”. Más de una vez me ha sugerido un “gorda vamos a liarnos ¿no?”  Siempre hay alguien así que está junto a ti, un amigo, un amante, un exnovio que vuelve, un medio amigo que cae un día… Pero mientras tengas tú las cosas claras, jamás te hará sufrir nada de lo que pase.

Había muchos días que le echaba de menos, muchos. Otros que quería matarlo y siempre fue así.

Un día tuve una conversación larga con él de por qué desaparecía o por qué le gustaba tanto una chica y al día siguiente nada, incluso hubo una noche que quedó con una chica con la que hablaba casi a diario por mensajes durante un mes y a cada instante, y cuando quedó con ella no salieron de su coche escuchando música en dos horas y media y contandose historietas de la vida de cada uno. Después de una noche tan peculiar con esa chica y antes de dejarlas en su casa, Lucas le dio un beso en la frente y listo, hasta hoy, y me perjuró que esa chica le gustaba mucho pero que de repente “le dejó de gustar” sin motivo aparente… “Me agobié gorda”

Se agobió. ¿Le agobió el qué? ¿La posibilidad de que ella gritara en medio de la calle que le amaba más que el pan con Nutella? ¿O que hincara la rodilla y le pidiera matrimonio con un anillo hecho de conchitas del mar? Por lo más sagrado que me entraron ganas de estrangularlo. Absurdo. Esas cosas me enfadaban de él. Era un niño chico, despectivamente: un niñato.

Pues os podéis sorprender la cantidad de hombres (niños) que existen así, miles y millones.

Hubo una época que lo vi más centrado, incluso pensé que se estaba enamorando plenamente. Llevaba hablando con una amiga que teníamos en común durante muchos días, siempre se daban los buenos días y las buenas noches y no había un momento que no se mandaran una foto haciendo el tonto. Ella estaba viviendo en la costa por trabajo y venía a nuestra ciudad de vez en cuando. En uno de estos fines de semana que coincidieron, él me preguntó qué ponerse, qué hablarle o incluso las cosas que me podían gustar a mí para copiarlas. Habían hecho planes para cenar y tomar alguna copa, al final se decidió en último momento cenar en casa de Lucas (idea suya seguro, odiaba salir de casa y gastar dinero de su bolsillo) y por lo que me iba escribiendo parecía todo ir bien. Ella llevaría botella de vino y él “supuestamente” prepararía cena y luego alguna copita en el pub de debajo de su casa.

Según palabras de ella, palabras que ella misma me ha contado a mí ya que él sigue diciendo que estaba de broma, iba de camino hacia casa de Lucas cuando recibió un WhatsApp suyo preguntándole de repente, sin venir al caso, si ella llevaba “protección”, que no le daba tiempo a comprar a él…

Imaginaros mi cara de espanto cuando esta chica me lo contó, yo me morí de la risa y Lucas fríamente con un “que era broma idiota, tu amiga es una exagerada”.

Pues por lo visto, le escribe a menudo, cuando se siente solito en casa o se ha bebido una copa de más. Son niños eternos, están bien como están y no quieren compromiso alguno. Tienen esa dulce inocencia de decir lo que piensan y jamás entenderán el porqué de tu ofensa, si ha sido sincero. Suelen seducir con arte, siendo espontáneos y el amor por la libertad absoluta. Siempre he pensado que Lucas sentaría la cabeza, pero hace tiempo que comprendí su forma de ser.

Y aunque parezca mentira, a día de hoy sigue siendo igual (estas anécdotas se remontan a los 30 y…).

Ahora, con unos pocos de años de más, sigue pareciendo a ojos de la gente que “ha madurado”, pero en el momento de la verdad (y eso lo sabe una y nadie más porque lo conozco demasiado…), corre hasta su unicornio alado, su dragón blanco o su alfombra mágica, según le coja el día. Ya que una vez leyó en un cuento que es posible “no crecer nunca” y que además si te dicen que lo hagas, es un trampa.

Número 4: El madrero (Síndrome de Edipo)

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4# Madre no hay más que una, y la mía vale trillones

Completamente cierto. La mía vale el sol, la luna y las estrellas y jamás podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí y soy la que soy por ella.

Esta historieta nos la tomaremos a risa, es para reírse os lo aseguro, mi mejor amiga lo hace y tiene toda la razón.

Mi jefe, que por ese tiempo estaba de lo más contento conmigo, me dijo que buscaban a alguien como yo en otra parte del mundo, él se negaba a dejarme ir, pero sabía que llevaba tiempo estancada y era lo mejor para mí y como no, yo disfrutaba moviéndome de un lado a otro como el agua en las mareas de Santiago.

“Antes de irte, prométeme formar a una parecida, solo parecida”. Esas palabras las sigo teniendo en la mente y me conmoverán toda mi vida. Mi jefe sigo pensando que es lo máximo, gracias a él he aprendido muchísimo de mi trabajo.

Una vez más hice las maletas y preparé mudanza. Ya había perdido la cuenta de cuántas cajas había embalado y desembalado en mi corta existencia, pero en el fondo disfrutaba con ello. Esta vez fue un destino más agradable en cuestión del clima, Portugal, concretamente Madeira. Era la primera vez que estaba y jamás había visto playas más bonitas en mi vida. El agua era cristalina, congelada pero cristalina, y la gente disfrutaba del surf y sus buenas olas. Nunca he sido amante del oleaje, me da un poco de miedo, pero esas playas había que disfrutarlas del todo. Alquilé un pequeño apartamento bajo cerca de la playa y bastante cerca de las oficinas de mi empresa. Podía ir perfectamente andando y me encantaba la idea de poder pasear por las tardes viendo el mar. El idioma nuevo no era del todo un problema, me venía bien aprender portugués ya que uno de mis hobbies desde siempre ha sido aprender nuevos idiomas. En cuanto termine con alemán prometo ponerme con el ruso, creo ciertamente que será la lengua del futuro. Empecé a trabajar con entusiasmo. Tenía como coordinador a un chico francés y una chica portuguesa, parecían bastante agradable aun habiendo presenciado en mi primer día de trabajo una discusión en plenas oficinas delante de las caras de todos los compañeros. Acto seguido se presentaron y me acompañaron a enseñarme donde instalarme, tenía muchas ganas de arrancar con el papeleo.

Me defraudó un poco el cambio, no era lo que esperaba y echaba de menos mis oficinas de Londres, pero en cuestión de sol, calor, ambiente de verano… Nada que envidiar al resto. En este sitio todo el mundo gritaba y discutía, no aguantaban un cambio de dirección o alguna crítica (constructiva) del trabajo. Tuve incluso la mala suerte de toparme con dos compañeros (chicos) a los que les caí bien en gordo, era la primera vez que me pasaba y casi me supera la situación con mis coordinadores. Los días se me hacían eternos, llegué a pensar que había sido realmente una malísima idea irme a esa isla y mis padres no paraban de decirme que volviera a casa y buscara por otro lado, ni en broma lo haría.

Una noche salimos dos compañeros y yo a tomar unas cervezas para despejarnos, por lo menos conocí gente buena en ese viaje. Una de mis compañeras era toda una hippie, había estudiado muchas terapias naturales y me encantaba hablar con ella de todo eso y nos pegábamos horas maquinando posibles aceites esenciales y plantas aromáticas para nuestros apartamentos. El otro era un chico de lo más sensible y callado, pero se agradecía las tres diferentes personalidades, hacíamos un conjunto de lo más peculiar. Cogimos como rutina ir al mismo bar todos los días después del trabajo, esto ayudó a sentirme mejor.

Uno de esos días de salidas y entradas, se me fue un poco de las manos. Prometo que no tenía pensado emborracharme, al fin y al cabo, al día siguiente trabajábamos, pero estábamos pasando por un nivel de estrés extremo y necesitábamos salir. Nos acercamos andando a casa del compi a por más cerveza e irnos a beberla a la playa, hacia luna llena y el mar se veía precioso. Este chico vivía en el típico apartamento de playa con césped en la entrada y piscina comunitaria, en ningún momento nos percatamos de la cantidad de ruido que estábamos armando “la hippie” y yo. De repente, desde uno de los balcones de los apartamentos, se asomaron dos chicos que empezaron a protestar del ruido, yo en mi plena salsa empecé a cantarles a lo “Romeo y Julieta” y a día de hoy siento vergüenza ajena de todo eso. Sin darme cuenta se pusieron a subir escaleras mis compañeros al supuesto apartamento de los dos chicos, y me quedé como una tonta subiendo escalón por escalón con miedo de caerme. Cuando por fin llegué, ya estaban todos sentados alrededor del salón y abriendo cervezas que les habrían ofrecidos estos chicos, había un tercero en el sofá que no despegaba la vista de la TV jugando a la Play. Fui a encenderme un cigarro y ni corto ni perezoso me echó del salón para que fumara en la terraza, (“qué tío más imbécil”). Después de esto tiré de mi amiga todo lo que pude hasta conseguir irnos de ese sitio, me sentía incómoda y quería seguir la fiesta. Fuimos las dos riendo agarradas por el camino hasta un bar que solía ir la gente a altas horas de la noche cuando todo lo demás va cerrando. Aquí podías jugar al billar, dardos, bailar o beber cócteles. Como un todo a 100.

De repente al salir a fumar, vi que los tres chicos del apartamento venían para el bar, incluyendo el “antipático” del sofá. Nos sentamos todos en la terraza, uno de ellos estaba muy interesado en mi amiga y se pegaron tiempo hablando, el otro se fue dentro a pedir algo de beber para los tres y a mi desgraciadamente me tocó a “él”, que se sentó justo en la silla de al lado. “Perdona por lo del tabaco en la casa, no fumo y me da mucho asco”.

Sin venir a cuento empezó a hablarme de su vida, se le veía que tenía grandes ganas de soltar todo lo que llevaba dentro e inconscientemente dejé que me lo contara y me vi incluso dándole consejos. Venía desde Italia a buscar buen trabajo y con la tontería llevaba ya 3 años en Madeira. Hablaba perfectamente español y portugués y se veía que conocía a mucha gente de la zona y se llevaba bien con ellos. Esa noche terminamos todos andando por la playa de vuelta a cada casa, la mayoría vivíamos cerca y Toni se ofreció a acompañarnos hasta donde quisiéramos. Mi amiga entendió que no me atrevía a decir por donde vivía todavía, no sabíamos de donde habían salido y estábamos en un país extranjero, al fin y al cabo. Disimulamos las dos casi al unísono y nos despedimos de nuestros acompañantes unos 300 metros antes de llegar a mi edificio, donde Marisol (mi compi) tenía aparcado el coche para irse hasta su casa, obviamente no podía dejarla que se fuera habiendo bebido así que insistí hasta conseguir que se quedara a dormir en la mía. Estando las dos recostadas en la cama, me soltó que el chico con el que había hablado toda la noche le acababa de escribir un WhatsApp, y que su amigo Toni le había pedido mi teléfono, no sé todavía ni cómo se lo di, siempre suelo mentir en esas cosas. Al día siguiente, con una resaca del 23 llegamos las dos a la oficina.

Nos pegamos todo el día hablando de las tonterías del día anterior y sin darme cuenta me habían escrito un mensaje. “¿Qué tal la mañana?” A partir de ese mensaje surgió una cadena de ellos contándonos miles de cosas. Pasaron los días y nunca me propuso quedar, cosa que me sorprendió pero que tampoco me sentaba mal del todo. Aproximadamente a las dos semanas me llegó un mensaje un viernes por la tarde “¿te apetece que quedemos mañana por la mañana?” No trabajaba los sábados, por lo que me venía genial hacer algún plan diferente que pasear por la playa o ver la TV.

Salí de mi bloque y me fui andando hasta una tienda de alquiler de motos que había cerca, fue donde quedamos ya que todavía no quería decirle donde vivía. Miré alrededor buscando donde estaba y no le encontraba por ninguna parte. Sinceramente, no sé si os ha pasado alguna vez, pero por lo menos a mí cuando me ha gustado alguien o me ha parecido interesante, se me borra su cara completamente de la mente. Tengo que poner un gran empeño en pequeños detalles que recuerde para ver si algo acierto, un lunar, una mancha de nacimiento, el color de ojos, la forma del pelo… Si no se me hace imposible. Miré y miré hasta que por fin le vi apoyado en una moto grande, una Ducatti blanca increíble.

Me acerqué y sin hablarnos me pasó el casco y me subí a la moto. Corrió todo lo que pudo y más por toda la costa alrededor de playas, pinares y lugares nuevos para mis sentidos. Esa sensación que se siente subida en una moto de esas, es de lo más perfecto que existe, siempre he dicho que si no fuera tan patosa tendría una moto grande, es posible que algún día lo haga. No sé cuánto tiempo pasó hasta que paramos, me temblaban las piernas de apretarlas en las curvas y sentía escalofríos todavía de la velocidad a la que íbamos. Bajamos por unas escaleras de piedra hasta una calita de playa muy bonita con un pequeño chiringo de paja en un costado de rocas. Casi no había olas y tuve suerte en ponerme el bikini debajo de la ropa. Nos bañamos un rato y estuvimos hablando de cosas en común dentro del agua. De repente le sentí amigo, como un amigo de toda la vida al que llevaba tiempo sin ver.

Le conté muchas tonterías de mi vida y él reía por la similitud de las suyas. Coincidíamos en miles de sucesos incluso paranormales (absurdos) que habrá gente que se ría de esto y otra mucha que nos entienda. Por lo que parecía hasta el momento, teníamos muchas cosas en común y parecía sincero en todo. Le pregunté su signo, casualmente coincidía con mi mejor amigo, ahí me di cuenta que sí que podíamos ser grandes amigos. Realmente no me venía mal tener algún amigo hombre, y más siendo italiano, adoraba Italia y sigo adorándola. Al final unimos amistades y creamos tontamente una gran pandilla de verano. De vez en cuando sentía que había vuelto a los 18 años cuando me iba 3 meses de veraneo y nos juntábamos la gran pandilla a hacer cosas todos los días. Una tarde fuimos con la guitarra de mi compañera a la playa y sorprendentemente cantamos como niños, otro día de barbacoa en casa de uno de ellos, otro de camping, otro al cine… Por fin volvía a disfrutar de los lugares maravillosos que tiene este mundo, hay que recordar siempre eso, los lugares son maravillosos y las personas son las que influyen en que cambie eso.

Volvemos a mis lagunas, si, no recuerdo para nada como empezó a gustarme y como comenzó toda la historia.

Llevaba ya tiempo viviendo en Madeira y casi estaba acabando el verano, aunque todavía se notaba el calor en las calles. Había una playa que justo se centraba entre su apartamento y el mío y esa noche quedamos varios para ver la luna llena y bebernos unas cervezas. Manta en una mano y caja de Desperados en la otra, fui andando hasta la playa. Casualmente ninguno de los demás podía venir al final y nos quedamos los dos solos. Puse una canción tras otra escuchando cosas de su vida y el pensamiento de vida ideal que quería. Se le veía decidido y con buen objetivo y eso me gustaba de él mucho. Jamás indagué demasiado en qué trabajaba, lo único que sabía es que era el gerente de una tienda de helados muy conocida en Italia y que estaba montando una franquicia en Madeira con los dos amigos que vivía. Esto hacía que de vez en cuando tuviera que viajar a Italia por varios días, aunque eso no frenó nunca el seguir escribiéndonos. Poco a poco vimos como una rutina perfecta el seguir las fases de la luna hasta coincidir siempre cuando estaba llena, de hecho, siempre que lo estaba, hacíamos lo imposible por ir a la playa a verla con una manta y música. Estuve varios años fuera de la música, por el trabajo y mis cambios de residencia, incluso volví a retomar la guitarra después de largo tiempo sin tan siquiera tocarla. Siempre le agradecí que me impulsara a volver a mis orígenes, pintar, tocar la guitarra, las manualidades… Siempre tenía una palabra de apoyo de él y confiaba que todo lo que hacía era perfecto.

Llegó el duro invierno y el frío y los días de playa, barcos y noches de luna llena fueron menguando, pero nosotros tomamos otro rumbo para seguir con las tradiciones. Era muy común ya verle en la puerta de mi trabajo con el coche, no era época de moto ni mucho menos, aunque se le extrañaba. Estábamos juntos, se sabía, siempre andábamos de allí a aquí haciendo cosas y sobraba ponernos nombre. Os prometo solo una cosa, no voy a alargar mucho esta historia, fue increíblemente bonita, de película (nunca mejor dicho) y la tendré siempre conmigo, solo esa parte. Pero al ser unos escritos de los tipos de hombres que existen, éste se lleva la palma de similitud y aseguro que no me dejo ningún detalle y si lo dejo será por pura vergüenza ajena.

Pasaron meses, muchos, el año. Tuvo la genial idea de decirme “por cada tres meses que estemos juntos, un año que te costará olvidarte de mí”. Nunca entendí esa frase, siempre pensé que tenía un ego demasiado grande y que se quería mucho, más que a nadie, error.

Un día recibí la llamada de mi jefe, me dijo que había un puesto similar al mío justo en mi ciudad natal y pensaba que me gustaría por fin volver a casa. No me lo pensé dos veces y lo hablé con Toni. En todo momento pensé que ahí acabaría la historia, que la distancia y demás podría ser mala y que jamás le pediría que dejara todo su mundo para venirse al mío, realmente me equivoqué, sí que quería y no solo eso, le entusiasmó la idea. El montar la heladería lo dejó de segundo plano, incluso discutió con sus “socios” por todo ello y tuvo varios problemas con el dinero que había invertido en ello. (“Pobre, con lo bueno que ha sido siempre con ellos y mira como lo agradecen”). Le defendía siempre en sus problemas, siempre confié en sus palabras.

Un mes antes de irnos, yo ya tenía el traslado del trabajo preparado y fui despidiéndome de los compañeros con fiestas y cenas a lo largo de varios días, incluso sentí pena por irme. En una de nuestras conversaciones me habló muy apenado de su familia italiana. Pocas veces hablaba de ellos y yo no quería insistirle, al fin y al cabo, llevábamos juntos solo un año y quedaban muchas cosas todavía por ver. Sentí pena, realmente pena de todo lo que me estaba contando y tanto había guardado en su interior, hasta creí que quería volver a Italia con los suyos. Según sus palabras (aunque me parecieron bruscas creo que era su forma de hablar), su madre “no tenía dónde caerse muerta y nada más que le tenía a él en la vida”. Eso me partió el alma en dos, si mi madre estuviera en esa situación la traería al fin del mundo con tal de que estuviera bien. Con todo esto me sugirió buscarle algún trabajo a su madre en mi ciudad y algún piso para vivir para tenerla cerca. Me pareció una idea fantástica y me puse manos a la obra. Con la cantidad de gente que conozco, pude conseguirle dentro de su mínimo curriculum, un trabajo como camarera en Starbucks, era de aspecto joven según la foto que me enseñó Toni y seguramente podía llevar bien ese puesto. Después de preguntarle y hablar entre ellos por lo visto le había parecido una idea fantástica y estaba deseosa de conocerme, yo a ella también de todo corazón. Llegó el gran día, mis padres vinieron a recogernos al aeropuerto y fue en ese momento que se conocieron entre ellos. Mi padre le miraba de arriba abajo y no le hacía ninguna gracia, era de esperar como cualquier padre. Mi hermano nos había ayudado por teléfono a buscar un piso económico cerca del centro para poder empezar de cero. Me aterraba la idea de vivir juntos, pero por el momento era lo mejor para los dos por ahorrar y poder comenzar una nueva vida.

Varias semanas después de nuestro comienzo en mi ciudad, empezamos a llevar buenas rutinas como ir al gimnasio juntos y hacer cosas los fines de semana. Esta vez no sentía la gran necesidad de presentarle a mis amistades, iría poco a poco porque ni yo sabía todavía dónde llegaba esto.

Seguramente algun@s que estéis leyendo estos relatos pensaréis: va demasiado deprisa.

No me excuso, jamás lo hago, me siento orgullosa de la vida que he llevado hasta ahora y por qué he decidido hacer humor de ella. Pero sí que es verdad que, en mi mentalidad hasta el momento de esta historia, estaban las puertas abiertas a toda vida, persona, animal que quisiera compartirla conmigo. Nunca me ha dado miedo profundo, sí he tenido mis dudas de mis decisiones, pero al final he decidido lo que el corazón me decía, independientemente de todo lo que rodeara. Quise hacer todo lo que hice, y lo volvería a hacer para llegar de nuevo donde estoy, cada cosa que me ha pasado era para algún fin y os aseguro que jamás he sido tan feliz como ahora. Aparte, he de decir (quien haya vivido una vida nómada como yo lo entenderá), cuando se vive fuera de “casa”, todo se magnifica a 1000×1000 y ves montañas de color de rosa donde en realidad hay una simple dunita de playa.

Fuimos en mi coche a recoger a su madre, esta vez solo teníamos mi coche para movernos, entre nuestros planes entraba traernos todas sus cosas de Madeira e Italia. Me sentía bastante nerviosa, aunque él no paraba de repetirme que su madre era una niña, que me llevaría muy bien con ella. Llegó hasta el coche con una jaula y un loro, un loro sí, tal y como os lo escribo. En ese momento casi estallo a carcajadas por la situación ya que no tenía ni idea que su madre pudiera tener un loro como mascota, pero al momento me pareció de lo más divertido cuidar de ese pájaro, me encantan los animales. Sonreía con su jaula y su maleta de ruedas de camino hasta el coche y Toni rompió a llorar al verla, jamás le había visto llorando y se me partió el corazón en mil pedazos de ternura. Fuimos todo el camino hablándole de su nuevo apartamento, seguro que estaría bien, y que poco a poco iría conociendo a gente por la ciudad. Me apetecía mucho ir con ellos de excursión, ver sitios nuevos para ellos, llevarles a la playa (su madre jamás había pisado la playa) o enseñarles las montañas de la sierra y comer buena carne. Me sentía eufórica por todo, quería con toda mi alma que fuera feliz y Toni también. En el fondo sentía lástima, esa era la palabra, soy así, siempre he sentido empatía con todo el mundo y no puedo evitar llorar si veo llanto o reír si veo a alguien reírse. En el fondo de mi alma quería que de verdad esas dos personas fueran felices en su nueva vida, y pondría todo mi empeño en ello.

La cruda realidad: Toni no encontraba trabajo ni por asomo y yo no paraba de trabajar. “Querida, ponga usted los pies en la tierra por fin…” Y eso hice.

Dedicábamos las tardes o algunas mañanas libres para ir a ver a su madre y pasear con ella o darle de comer al loro y regarle las plantas. Hubo una ocasión que mi madre me dijo cuatro palabras (bien dichas) del nivel que estaba tomando mi vida, en vez de escucharla en ese momento lo que hice fue discutir con ella.

Nota para cualquier lector: todo lo que dice una madre va a misa, a no ser que tu madre tenga algún trastorno mental (gracias a Dios que en mi caso no).

Cada vez tomaba más tiempo en “mi suegra”, era eso sí o sí. Mi vida empezó a girar en torno a lo que su madre quería y lo que él le permitía, cuando me di cuenta era demasiado tarde para dar marcha atrás y cavé yo misma un pozo sin fondo en el que me ahogaba diariamente. Hubo un día que llegué de trabajar, sabía que Toni estaría (como de costumbre) en el salón jugando a la Play y sorprendentemente me encontré a su madre y él hablando juntos. Me sentaron y Toni me dijo que tenía que ir unos días a Madeira, que el negocio de la heladería va a dar su fruto y tiene que poner dinero para no perder su puesto. Imaginaréis quien fue la “estúpida” que le prestó el dinero, sobran las palabras. Después de eso me fui agriando hasta el punto de que no quería llegar a mi casa. Eran más constantes las visitas de su madre y había cogido la manía de ponerme los muebles y la decoración a su gusto o poner una lavadora sin preguntar, que no digo que lo hiciera con buena intención, no, Dios me libre, pero a mí o por lo menos a quien me ha educado, nunca se le ocurriría poner una lavadora donde puede haber ropa de mi pareja (intimidad absoluta) sin tan siquiera preguntar. Podría enrollarme horas y horas en escribir lo que para mí terminó siendo una pesadilla.

No sabía por dónde salir de eso y había algo claro en todo, sentía tanta lástima por Toni que era incapaz de dejarle. Intentamos ver el lado bueno de las cosas. Yo le decía de vez en cuando que nos vendría bien salir con gente joven, de nuestra edad y dejar a su madre que conociera a gente nueva, hasta le ayudé para hacerse socia del gimnasio así haría deporte, liberaría endorfinas, dejaría la depresión a un lado y podría conocer gente nueva (sí, sumamos que tenía una gran depresión y se atiborraba de pastillas, respeto ante todo pero os prometo que se me hizo cuesta arriba todos sus cambios de humor diarios). Deseaba ayudarla en todo, aunque se pasaba conmigo la mayoría de las veces, sabía que algo en ella no andaba bien y sentía una pena increíble por saber lo que podía llegar a sufrir Toni con todo eso, no era tonto, lo sabía de más que su madre no estaba bien psicológicamente y alguna vez me lo admitió. Gracias a mi hermano, Toni se apuntó a su equipo de futbito una vez en semana. Eso le vendría de lujo para despejarse de la casa y con suerte encontrar trabajo. Era un gran deportista, tenía altura para serlo y le encantaba practicar deporte. Cuando todo parecía ir mejor, nos llegamos a sentar en casa para hablar del futuro y llegamos los dos a un punto intermedio y a la conclusión de por qué no montar esa misma heladería fantástica, la cual estaban ganando millones sus amigos en Italia, en mi ciudad. No era mala idea, incluso me puse a hacer cuentas con él y balances y salían buenos números y buena vida en un futuro no muy lejano. Los helados están a la orden del día, a nadie le amarga un dulce y si lo montábamos en el centro tendríamos eso lleno de guiris todos los días. Eran todo ganancias.

Para todo eso había que tirar de ahorros. Le pedí que le mandaran el dinero de Madeira e invertirlo en nuestro nuevo negocio y así lo hizo. Ya habíamos visualizado el local, hablado con los propietarios para el posible traslado y estábamos más que ilusionados por el proyecto. Mis padres en cambio no sentían gran afecto en que dejara mi trabajo de siempre por montar un negocio propio, podría irnos mal, pero también bien, y eso les repetía cada vez que sacaban el tema. Quedaba realmente poco tiempo para llevar a cabo el gran cambio que íbamos a tener y temblaba de miedo por dentro. Una tarde que llegué antes a casa, encontré como de costumbre a la madre de Toni por allí, ya había tirado la toalla y sabía que en cuanto tuviéramos el negocio y nos fueran bien las cosas, él quería que entrara a trabajar con nosotros para distraerse y así tenerla contenta.

Cita

“El síndrome de Edipo”, mamitis aguda:

-La madre la sitúan por encima de su pareja

-Evita contrariar a la madre

-Junto a la madre empequeñece

-Agranda su comportamiento inmaduro junto a ella

-Deja que le trate como a un niño pequeño

-Siente gran dependencia de su madre

-Hacen TODO lo que dice la madre, siempre

-Necesita consultarle todo a su madre antes de actuar

Entré en la habitación a cambiarme antes de ir hasta el salón con un “hola ya estoy por aquí”. Encontré mis armarios abiertos, normalmente los suelo cerrar por costumbre y Toni tenía su propio armario en el vestidor de otro cuarto. Juraba que lo había cerrado y además notaba algo extraño en mi ropa. No soy una maniática, lo prometo, de hecho, soy la tía más desastre y desordenada del universo. Pero dentro de mi desorden tengo mi orden y si me tocan algo de dentro de esa maraña de cosas, sabré que se ha tocado. No le di demasiada importancia y seguí andando hasta el salón, pero tuve que pararme en seco frente al cuarto de los invitados, era donde se solía quedar mi suegra a dormir o mi hermano cuando venían de visita. Colgado de una percha sobre una alcayata de la pared, estaba un vestido largo mío de flores sin estrenar que además iba a devolverlo porque no me convencía como me quedaba. Me quedé sorprendida y entré a mirarlo, ya no tenía ni la etiqueta. Fui hasta el salón y delante de Toni le pregunté a mi suegra si ella había cogido el vestido, “ay mi niña sí, Toni me dijo que lo ibas a devolver y es tan bonito… El mes que viene te doy el dinero de lo que te costó a ti”.

¿En qué momento ha estado en mi habitación, ha mirado en mi armario y han hablado del supuesto traje que tengo que devolver sin estar yo presente? ¿Quién se come eso? Nadie, y no me lo comí.

Cuando se fue a su casa, Toni y yo “discutimos” sobre el tema, según él su madre ahí se había pasado, pero se la encontró en la habitación supuestamente arreglándola para nosotros y le daba cosa echarla, pero me dijo que lo mejor sería arreglar las cosas yo misma con ella o si no podría haber conflicto con él y prefería que no. Lo entendí y eso hice. A continuación, vinieron mensajes de insultos, enfado de Toni, discusiones bastantes graves y por fin estallé, y digo por fin porque fue el último día que estuvimos juntos como pareja. Él seguiría y seguirá en las faldas de su madre, y yo no podía permitir ni una falta de respeto más.

A la mañana siguiente tenía que irme a trabajar, le dije que lo más sensato era que se fuera al piso de su madre a vivir y ya veríamos como llevaríamos todo esto, no le vi flaquear en ningún momento y me lo puso todo mucho más fácil para perderle de vista, la pena por él y lástima se convirtió en vergüenza ajena de persona. Cuando volví a casa del trabajo todo estaba vacío, ni muebles, ni fotos, ni la TV y demás aparatos electrónicos, ni las colchas, sábanas, cuadros pintados por mí, mi guitarra… Se lo habían llevado todo. Asustada llamé a Toni, el teléfono estaba apagado. Mordiéndome mi orgullo llamé a mi “exsuegra”, apagado. Corrí al garaje para coger el coche, desapareció el coche, no había nada, me habían robado todo…

¿Sabéis algo de Toni y de su madre? Porque yo no, hasta día de hoy no he vuelto a saber nada de esas dos personas.

Pensaréis que cómo me puedo reír de todo esto. Pues sí río, me río de toda la situación desastre de película premio Almodóvar, de sobra estáis pensando que me merezco el premio. Prometo que no me arrepiento, ni de todo “el vacío” material que me ha dejado, al fin y al cabo es eso, material.

Hay que llegar a pensar en algo positivo, todo lo que se llevaron es lo que ellos valen, nada más y nada menos y la vida pone a cada persona en su sitio tarde o temprano.

Y si debo decir algo, si debo puntualizar algo de este escrito, mi madre SÍ que vale trillones, de aquí a esa luna llena, dando vueltas al sol 1000 veces y volver.

Número 3: El vicioso

1483968876_857458_1484231587_noticia_normal3# Sobre gustos no hay nada escrito

Volví a largarme de casa. Esta vez un poco más lejos, Inglaterra.

Encontré, después de varios años como técnico de mi trabajo en diferentes lugares, un puesto como jefa en una gran empresa del centro de Londres. Me encantaba la idea de volver a hacer la maleta, aunque solo llevaba 3 meses en casa de mis padres desde mi anterior “hogar”.

Si han visto la película Come, reza, ama y les gustó tanto como a mí, pueden hacerse una idea de lo que viví después de mi última ruptura. Un viaje hacia mi interior por diferentes puntos del mundo. Gracias a ello maduré como el vino en viejas barricas, la vida fuera de casa hace que sea así y me alegro por ello. Habían pasado algunos años en los que solo me centré en trabajar y viajar, sin darme cuenta me vi casi en los 30 completamente independiente. Mi vida ahí era qué maravilloso destino me esperaba tras la puerta.

Andaba de aquí para allá en mis primeros días de trabajo. Hasta adaptarme fue una auténtica locura, pero me sentía 100% realizada y muy feliz conmigo misma. Mi puesto como jefa, dio un salto en el escalón hacia otro grupo de personas y eso me ayudó a conocer nueva gente que me ayudarían a aumentar mi experiencia laboral. Una vez a la semana, era costumbre hacer una reunión de jefes de departamento para mirar los diferentes puntos de la semana y fue ahí donde conocí a Sam.

Al principio me pareció muy prepotente, incluso demasiado subido. Pero conforme iban pasando los días e íbamos coincidiendo de tanto en tanto me fue pareciendo más agradable. De ser frío pasó a ser simpático, incluso vi acercamiento por su parte, parecía que quería conocerme realmente. Esos primeros días, los del cosquilleo cuando imaginas su cara o persona, son los mejores. Ir a trabajar me parecía de lo más divertido. Hasta coger el metro, que sabía que podíamos llegar a coincidir en cualquier momento. No sé cómo lo hacía, pero se encontraba con todas las compañeras y compañeros en el trayecto al trabajo menos conmigo.

Una mañana cuando llegué a mi despacho, encontré una bolsa de chuches en mi mesa en una bolsita transparente. Pregunté a mi compañera y me dijo que Sam las había dejado ahí para mí. Me salió una tonta sonrisa de niña pequeña, pero al momento volví a armar mi escudo. Sí, tuve un escudo todo el tiempo que intentó “conquistarme” por así decirlo. Estaba en un momento de mi vida que no quería nada de nadie y menos de un hombre, no me fiaba ni de mi sombra. Le costó mucho quitarme esa coraza, él mismo me lo admitía, pasaron meses hasta que por fin quedé con él. “Solo un almuerzo, nada más, no te agobies”. Me decía de vez en cuando. Hasta que acepté.

La verdad es que fue una cita de lo más extraña. Era él quien estaba nervioso, yo en cambio estaba bien y con ganas de hablar todo el rato. Me empecé a sentir yo misma con él y notaba que me escuchaba, que me escuchaba en serio, creo que era la primera vez en mi vida que sentía eso de un hombre. Hablamos un buen rato de todo lo que se nos ocurría y no sentí la necesidad de mirar el móvil ni un momento ni ganas de irme del lugar. Me llevó al museo británico, yo ya lo había visitado, pero me encantó volver a entrar. De cada rincón se sabía una anécdota, me iba contando pequeñas historietas que me dejaban perpleja y me hacían darme cuenta que era realmente un hombre muy culto. Se le veía educado, sabía estar y vestirse, cosa que es muy importante para mí y sobre todo amable y dulce. Puedes llegar a pensar, más habiendo pasado malas experiencias en el amor, que eso es todo un maquillaje del principio. Que lo importante es verle nada más levantarse con los ojos pegados y sin duchar, es un decir obviamente.

Mientras me hablaba recuerdo que pensé “(podría intentarlo, podría conocerle)” y sin venir a cuento me besó. Me dejó sin palabras e intenté disimular despidiéndome y cogiendo un taxi a casa, realmente nos estábamos ya despidiendo, no es que saliera huyendo, pero creo que ese beso en ese preciso momento sobraba o no estaba suficientemente preparada. Sorprendentemente, no podía parar de pensar en él y en cada minuto y detalle que había vivido en la cita, pero intenté dormirme escuchando música con los cascos.

Todo fue más deprisa de lo que yo imaginaba. Nos robábamos besos en los pasillos sin que nadie nos viese, ese secreto de estar “juntos” en el trabajo era adrenalina para nuestros cuerpos. Si alguien se enteraba, alguno de los dos saldría mal parado, pero nos daba igual. Sentía que volvía a confiar en alguien, con Sam fue totalmente diferente, jamás sentí celos o desconfianza, nunca. Siempre confié ciegamente en él y sentía que realmente estaba enamorado de mí, pero yo de él no, le quería, pero jamás llegué a amarle como había amado anteriormente y siempre pensé que era lo que me había tocado en la vida. Debía ser feliz y ya está.

Como bien sabrán todas las personas que se van a vivir a un país extranjero, las relaciones entre personas van más deprisa de lo normal de cada casa, sea amistad, laboral, amor…etc. No sé si es el hecho de no tener a ningún familiar o gente de realmente confianza alrededor, haces ligarte más a alguien prontamente al igual que desligarte. Empecé como ejemplo dejando un cepillo de dientes en su casa. Realmente no era mío, él me lo había comprado y puesto en el vaso para que cuando acabara el fin de semana no quitara el mío de al lado del suyo. Era su manera de decirme “quédate más tiempo” y yo al recoger mis cepillos de dientes y meterlos en mi maleta de vuelta a casa, era mi manera de decirle “poco a poco”.  Pero ese poco a poco se convirtió en más y más, hasta que me mudé finalmente a su casa.

Uno se acostumbra a las cosas buenas, y el hecho de que me preparara el café diariamente como me gustaba o me comprara los mejores croissants solo para mí, como que ayuda. Todo era genial, realmente genial. Nunca pensé en decirle te quiero, o sentí la necesidad infinita de gritarle “te amo”, pero sentía que estaba bien y quería estar a su lado. Quizás mi subconsciente no quería que volviera a meter la pata, esas tiritas que me había puesto debían permanecer ahí e intentar que nadie me las arrancara de cuajo. Conocí a su familia. Muchos días hacíamos planes con sus hermanos y hermanas (2 hermanos y 2 hermanas), cada uno con sus respectivas parejas y nos íbamos a hacer planes juntos. Inconscientemente me sentía en familia y eso me reconfortaba. Nos iba bien, la verdad, estábamos siempre riendo y viendo series, hasta nos enganchamos a Juego de tronos y nos encantaba llegar a casa y ver algunos capítulos, después los comentábamos en la cama antes de dormirnos. Cuando pasó un tiempo me destinaron a otras oficinas, cosa que agradecí porque ya se había extendido rumores de nuestra relación, llevábamos mucho tiempo juntos en secreto, pero nos habíamos cruzado con compañeros de trabajo varias ocasiones en restaurantes y bares, era de esperar.

En estas nuevas oficinas había que empezar todo de cero porque las habían puesto nuevas. Me pusieron con el mismo cargo, pero esta vez con un equipo menor así que también me tocaba hacer más horas extras hasta llegar a objetivos. Todo este cambio, hizo que Sam empezara a quejarse de mi falta de tiempo hacia él, tenía razón que trabajaba más y llegaba cansada a casa, pero era un buen puesto por el que tenía que seguir dando la talla. No paraba de repetirme que dejara de trabajar, eso me mataba. Me decía que con su sueldo podríamos vivir los dos. Jamás nadie me ha mantenido y no estoy hecha para eso, ojalá no fuera así, sería mucho más feliz. Soy de esas personas a las que les gusta trabajar, aunque suene raro existimos sí, y tuve la suerte de encontrar después de tantos años, algo que realmente me gustaba. No iba a dejar el trabajo, de eso estaba segura, por lo que teníamos que llegar a un acuerdo.

Nos prometimos mutuamente hacer pequeños viajes y salir los fines de semana, así nos sentiríamos mejor los dos juntos y saldríamos de las cuatro paredes de nuestra casa. Lo intentamos, eso lo prometo, pero para él no era suficiente. Una noche, en la que el equipo había metido la pata en el día, no tuvimos otra que pedir comida y quedarnos más tiempo en la oficina para repasar los balances. Desgraciadamente tuvimos la visita inesperada de mi jefe y tuvimos que hacer una reunión intensa. Yo había avisado a Sam por WhatsApp que llegaría tarde a casa, que por favor que se durmiera, y no paró de escribirme cosas en contra de mi trabajo. Tuve que ponerlo en silencio y una vez subida en el metro de vuelta a casa, al ver los 80 mensajes decidí no abrirlo y llegar lo antes posible. Recé por el camino para que estuviera dormido, lo último que necesitaba en ese durísimo día de trabajo era un rapapolvo tipo padre de “por qué llegas tan tarde a casa”. Entré casi sin hacer ruido, de nada sirvió ya que estaba sentado en el sofá del salón sin parar de fumar y con los deportes puestos en la TV.

“¿Tú crees que son horas de llegar? ¿Y sigues discutiéndome que es un buen puesto de trabajo? Tienes una vida, no puedes estar todo el día y parte de la noche trabajando…”

Escuché sin protestar, podía tener razón, pero para nada estaba siendo considerable. Creo que la persona que lea estos relatos, si ha estado en la misma situación que yo lo entenderá, pero incluso sin haberlo vivido se sobreentiende que, al empezar en un buen puesto con un cargo alto y empezar de cero, hay que currar mucho, está demás pensarlo.

“Si no te importa me gustaría ir a dormir, estoy molida de verdad, mañana seguimos”. Acto seguido me fui a cambiarme, creía que me desplomaba del agotamiento, pero no fue suficiente para él. Cual niño pequeño siguió protestando, apagó todas las luces y antes de meterse en la cama soltó un “no me despiertes al acostarte”. Todo estaba siendo demasiado absurdo. Tengo que admitir que ya no tenía la paciencia de antes, ya no. Había cosas que me molestaban y donde hubiera discutido ya simplemente me callaba y seguía adelante. Una parte de mí estaba dolida por sus palabras y quería que se arreglara, otra parte estaba harta de sus tonterías y le quedaba poco por saltar. Se notaba en el ambiente que algo no iba bien.

Pasaron los días y más o menos se medio-arregló, pero andábamos con tiranteces de vez en cuando.

Sam empezó a quedar con sus dos cuñados y uno de los hermanos para jugar a baloncesto 2 veces por semana. El otro hermano odiaba el deporte, prefería estar delante de un ordenador jugando al Counter strike, era de lo más peculiar. A mí me pareció una idea de lo más acertada, así estaría distraído y yo podía tomarme las horas extras en el trabajo más relajada. Una tarde que llegué antes de la cuenta a casa, me propuse tomarme un tiempo solo para mí, Sam no estaba y tardaría una hora y media más en volver, el partido estaba interesante, debía aprovechar para relajarme. Me di una ducha, me puse el pijama, descorché una botella de vino blanco afrutado y me senté en el sofá a escuchar música y ver algunos vídeos tontos en internet. Realmente necesitaba ese momento, pensé en que si todo siguiera así nos iría muy bien, yo necesitaba mi tiempo y él el suyo y habíamos llegado a un punto intermedio perfecto. Mientras se encendía el IPad, pensé en dejar algo de cena preparada por si llegaba cansado del partido, yo había cenado un sándwich de la máquina expendedora de la oficina y tenía el estómago cerrado. Solía utilizar su IPad ya que mi ordenador era un fastidio de lentitud y a él no le importaba. Veíamos siempre los videos juntos en la cama y algunas series, jamás cambió de contraseña o puso algún impedimento, eso me hacía estar segura de él.

Cuando empezó a hervir el agua para la pasta, sonó la alerta del IPad como si hubiera llegado alguna notificación del Facebook o email. Me acerqué y abrí para ver lo que era. Al principio lo leí casi sin pensar dando por hecho que sería alguna tontería, pero conforme iba leyendo me iba asustando cada vez más. Era el email de un chico, en el cual explicaba cómo quedar en algún sitio supuestamente con el destinatario, su novia y quien quisiera apuntarse más. Pensé que sería una broma, cómo pueden llegarme emails de ese tipo, que locura de gente hay en el mundo. Pero el email que llegó fue a Hotmail, no Gmail, y resultaba que la cuenta que estaba abierta era la de Sam. Ni sabía que tuviera cuenta en Hotmail, debió dejarla abierta sin darse cuenta.

Me metí a leer el email más detenidamente y de quien provenía era de un email normal, ninguna cuenta extraña de contactos o algo parecido. Creí que podría ser Spam y pensé en cerrarlo y ya está. Pero pude ver los emails más debajo de gente que no conocía y empezaban más o menos de la misma forma. Prometo que un 90% de mí decía en mi cabeza “cierra eso y no le des importancia”, pero mi alarma sensorial me decía de nuevo que algo estaba ocurriendo.

Leí el siguiente. Era en esta ocasión una chica que le proponía quedar en algún punto cerca de Londres, al principio sin maldad alguna for aparte de la infidelidad de Sam hacia mí por supuesto. Pero conforme fui bajando el mail, empecé a ver mensajes un poco más fuera de tono (fotos incluidas de ambos, más de Sam que de la chica he de aclarar…) y al parecer sin tan siquiera haberse conocido en persona. Lo cerré, cogí el móvil y llamé a mi mejor amiga para pedirle consejo.

“Sam viene en media hora, dime qué hago”

“Sigue leyendo, las dos sabemos que hay algo más y no puedes quedarte con la duda”

“Pero, ¿qué hago si me pasa otra vez gorda? ¿cómo voy a remontar de nuevo? No me puedo creer que me esté volviendo a pasar, realmente son todos iguales”.

Seguí el consejo de ella y leí cada uno de los emails…

Sobra entrar en detalles de lo que vi a continuación, por respeto, pero os juro que jamás sentí tanto asco por alguien. No solté ni una lágrima. Lo siguiente era pensar qué hacer.

Cita

Adicto, el vicioso:

-Se excusa constantemente de su adicción, no lo acepta

-Tiene pobres controles internos

-Su autoestima es muy baja

-Carece de introspección

-Tiene un concepto pobre de su hombría

-No se conforma nunca con lo que tiene

-No puede controlarlo 100%

Entró como si nada, sudado y riendo mientras me contaba cómo había sido el partido.

Le sonreí, le enseñé la pasta que le había preparado y me senté en el salón a fumar haciendo como la que le escuchaba atentamente con sus historias y que realmente no pasaba nada. Sabía que si sacaba el tema saldría perdiendo yo, un mar de lágrimas y mal cuerpo toda la noche. Así que respiré hondo y cuando dijo de irse a dar una ducha le pregunté que si le importaba que me fuera a la cama. Con un poco de suerte mientras cena, ve un poco los deportes y se fuma su cigarro me habré quedado dormida.

Al día siguiente mastiqué todo el día un sabor amargo en mi boca. Me costaba concentrarme y mis compañeros no paraban de preguntarme qué me pasaba, pero intentaba por todos los medios disimular y seguir haciendo mi trabajo. Por lo menos en eso iba muy bien, justamente habíamos cerrado un acuerdo con una empresa y el jefe estaba tan contento que vino hasta mi oficina a traerme un regalo. Todos me felicitaron ese día y ayudó a separarme de mi vida personal por unas horas. Gracias al grandioso día en el trabajo y el trato de mis compañeros y ya amigos, pude pensar fríamente cómo llevaría el tema por la noche. Había tomado una gran decisión que me llevaría solo unas horas hacerlo.

Llegué a una hora razonable y Sam estaba en casa ya que no le tocaba partido. Sorprendentemente había preparado una magnifica cena para los dos y había decorado todo el salón con velas. “Te quiero” me dijo nada más verme. (“¿Se habrá dado cuenta de todo lo que se?”). Me puse cómoda y fui hacia la mesa para cenar juntos. Estaba cariñoso, amable y hasta simpático. No me soltó nada del trabajo y hablaba sin parar de un posible viaje que haríamos en verano juntos. En uno de los brindis donde ya me sentía un poco más desinhibida (seguramente a causa del vino), decidí soltarle todo. No gesticulaba palabra y en ningún momento me interrumpió. Conforme iba contándole o preguntándole solo asentía y dejaba que continuara hablando. No era la reacción que esperaba, uno siempre cree que le van a negar algo así, pero no lo negó, simplemente se quedó agazapado cual niño pequeño que ha roto la vajilla antigua de la abuela y se está llevando una gran bronca de su madre.

Me fui, por supuesto que lo hice, no me cogió más de dos días hacerlo. En todo momento le dije que me volvía a casa de mis padres, que me iba de Londres para siempre, pero nunca me fui, era solo para que no me buscara.

La noche que vi todo ese horror de emails, me puse a buscar pisos en zonas opuestas a nuestro barrio, pero lo suficiente cerca de mi trabajo, jamás se me pasó por la cabeza dejar ese puesto, para una cosa que me estaba yendo bien debía exprimirla al máximo. Al principio no me buscó, respetó mi decisión y gran parte de mí pensaba que se había alegrado de que me fuera. Estuve cerca de 3 meses hasta que volví a saber de él. Fui a casa de mis padres en Navidades para visitarlos y una amiga me pidió que si le ayudaba en la tienda d cosméticos por las tardes y aparte me pagaba por supuesto. Cuando volvió a escribirme yo estaba trabajando en mi ciudad y le dije abiertamente que estaba viviendo allí desde hacía tiempo (mentira). Sin previo aviso cogió un avión y se presentó allí. Todavía me pregunto por qué dejé que volviera a hablarme, en parte quería una explicación lógica ya que todo lo que había visto carecía de sentido para mí. No es que le faltara el amor cuando volvía a casa del trabajo, o el cariño la pasión. Nunca entendí por qué, por qué hace falta llegar a ese punto.

Me recogió en la tienda y fuimos a tomar un café para hablar. Me contó que le habían invitado a irse de la empresa, yo ya lo sabía, pero hice jurar a todo el mundo que jamás hablaran de mi a Sam. Total ya todo el mundo sabía que estábamos juntos. Por lo visto no le iban las cosas muy bien, no me alegré por ello, le tenía cariño y me sentí mal por su bajón de escalones. Hablamos largo y tendido y no me atreví en ningún momento a hablarle del tema, no hizo falta porque él lo sacó.

“Te prometo que jamás llegué a hacer nada, fueron mensajes y fotos inocentes, pero nada más”

En parte le creía, pero no le había perdonado y el asco seguía dentro mía cada vez que revivía el momento.

Decidió alargar su viaje dos semanas más, total ya le había dado el finiquito (bastante alto, por cierto) y quería tomarse unas vacaciones y las mías eran justo esas dos semanas antes de volver a Londres sin que lo supiera. Aprovechamos para enseñarle la ciudad ya que no la conocía. Cada día me venía con un plan diferente que había visto en internet y me sorprendía las ganas y empeño que ponía en hacerme los días más felices.

Por las mañanas yo aprovechaba para estar con mi familia con la excusa de que “estaba trabajando” y a media tarde me iba hasta la tienda para encontrarme con él en el cierre. Fueron días agradables, sinceramente volví a sentirme bien por dentro y poco a poco fui olvidando la causa de nuestra ruptura. Fuimos a conocer la costa, una parte que yo tampoco conocía y pasamos tres días muy buenos. En casa no llegué a contar nada de nuestra ruptura por lo que todo encajaba a la perfección de cara al público. Quedamos varias veces con familia mía y amigos e hicimos muchos planes juntos. Fueron dos semanas muy buenas. Dos o tres días antes de irse, a mí me quedaban también los mismos pero el vuelo se diferenciaba en horas entre los dos y quise contarle que seguía en Londres viviendo, pero quería ver más antes de decírselo. Esa noche había reservado mesa en un restaurante con estrella Michelin, era bastante sibarita de todo eso y yo encantada de que me llevara. Nos pusimos nuestras mejores galas y llamé a mi mejor amiga antes de salir de casa de mis padres para contarle dónde me llevaba. Me dijo que, si estaba segura de volver con él que lo hiciera, que yo era la única en saber lo que merecía.

Llegamos al restaurante y nos sentaron al fondo junto candelabros gigantes y un biombo que nos separaba casi de las demás mesas, era un sitio espectacular. Me pidió mil veces perdón, dijo que jamás lo volvería a hacer y que estaba completamente enamorado de mí y era la mujer de su vida. Bebimos más vino de la cuenta, estaba disfrutando como una enana. Antes de meter la pata con las copas fui al baño a echarme agua en la nuca y retocarme un poco para seguir con la velada, miré al espejo y sonreí, estaba feliz. Al sentarme y tirar de la servilleta de tela para colocármela de nuevo entre las piernas, dejé caer una cajita azul al suelo cuadrada. Toda mujer que ve una caja parecida sabe perfectamente lo que es, no me atrevía a moverme. Aparecieron varios hombres con violines y otros camareros con champagne mientras que Sam recogía la cajita del suelo y la abría frente a mí con la frase “¿quieres casarte conmigo?”

Nos abrazamos, era toda una locura, no sabía qué decir ni qué hacer. No me había dado tiempo a ubicarme, a relajarme, a confiar plenamente en él. Debió notarlo cuando me dijo “tómate el tiempo que quieras, necesitaba que supieras que solo quiero estar contigo en este mundo”. El día antes de irnos a Londres, pensé seriamente en contarle que estaba allí todavía, me daba miedo su reacción y no quería agobiarme de tener que correr con maletas y mudanzas porque me hubiera colocado un anillo, era increíblemente precioso. Llegamos de pasear por el centro e ir de compras y habíamos encargado sushi para cenar en el apartamento que él había alquilado, un apartamento en el centro monísimo y comodísimo. Obviamente esa noche me quedaba con él, en casa ni preguntaron dónde me quedaba a dormir, a diferencia de mi hermano que lo sabía perfectamente. Se metió en la ducha y quise poner un ambiente bonito para que cuando saliera pudiéramos cenar con música y velas. Era el momento ideal para contarle que seguía allí, que me diera solo el tiempo de adaptarme y veríamos qué tal nos iba.

Esto que voy a contaros a continuación, es cierto como el comer y a día de hoy os prometo que me río de la situación con mis amigas más íntimas.

Estaba sentada en el sofá, llenando dos copas de vino y encendiendo las últimas velas de la mesa, de vez en cuando me paraba a mirar mi precioso anillo y me reía por dentro de todo, (“yo, casada”). La música era de Lauryn Hill, mi artista favorita, y sonaba por los altavoces bluetooth que habíamos comprado para su IPad. De repente la música dejó de sonar y volvió a pitar la alarmita del IPad que había llegado una notificación de algo. Se me congeló el cuerpo, prometo que se me erizaron todos los pelos del cuerpo. Esta vez no di lugar, cogí el IPad y fui a mirar qué era.

No había cortado sus adicciones para nada. Ahí seguían cadenas y cadenas de mensajes con personas que ni conocía, fotos muy fuertes, muy fuera de tono y demasiadas citas para tan poco tiempo que habíamos estado separados. Todo era mentira, una mentira que él mismo se había creído y yo ingenua de mí también.

Salió de la ducha y le dije varias frases cortantes, entre ellas un “no vuelvas a buscarme en tu vida”. Escribí a mi hermano, tardó dos minutos en ir a recogerme y casi se baja del coche para ir a matarlo, no merecía la pena. Entre sus llantos, sí, sus llantos, yo os juro que no solté ninguna lágrima, le dejé sin darme ni una pizca de lástima. El asco y la repulsión volvieron a mi estómago y boca y me costó varios días digerirlo.

Hay rutinas, formas de vida, que cuestan cambiarlas y es un error pensar que pueden cambiarse.

Resumiré con gracia este relato en una frase que siempre la llevaré conmigo, dice una verdad como un quintal de grande y aconsejo que os la guardéis para siempre:

“Quien tiene un vicio, se mea en la puerta o se mea en el quicio, pero se acaba meando”. (Mis amigas reirán al leerla, saben que es mi frase favorita).

Número 2: El mujeriego

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2# El amor verdadero

Entre salidas nocturnas con mis amigas y más salidas (he de decir que no teníamos otra cosa en la que preocuparnos), rondaba los 22 años y unas ganas locas de reír a carcajadas diariamente.

Apenas pasaba tiempo con mi familia, me sentía rebelde sin causa con mi horizonte lleno de viajes y nuevas historias. Mi ciudad es una ciudad de modas, solo modas y más moda. Si se lleva ponerte una maceta en la cabeza, apuesto lo que queráis que al día siguiente la llevará todo el mundo y de todos los colores y tipos para intentar destacar del resto, pero tienen que entender que un cambio de color no destaca de algo que une al grupo de “borregos”, ya que al fin y al cabo sigue siendo una maceta. Cuando eres joven eso te da igual, aun teniendo tu propia personalidad, buscas agradar a la gente aparte de gustarte a ti mismo.

Entre las modas típicas de mis años en mi ciudad, se puso de moda un parque de atracciones de los más cool hasta el momento, y de ahí viene su nombre. Tenía todo tipo de salas, juegos, de agua y sin agua, bares, barras, escaleras, luces de colores… Era lo último y donde se concentraba mi gran entorno.

Antes de aventurarme por el Cool, quedé para cenar con varias primas y amigas en casa de una de ellas que se había mudado recientemente al centro. Era viernes y casi estaba entrando la primavera. Era típico ver ya las primeras fotos en redes sociales, a veces me siento afortunada de haber vivido ese cambio, aunque ahora mientras escribo estas letras, he de deciros que a veces me asusta hasta donde llegará todo.

Nos hicimos varias fotos que subimos a Tuenti y bebimos más de una copa de alcohol antes de irnos al parque. Olía a noche divertida.

Llegué a Cool y me separé de mis primas, preferían hacer otros planes y yo aparte había quedado con mi mejor amiga. Entré como de costumbre y visualicé los diferentes grupos de personas, casi siempre se reunían en los mismos lugares todos los fines de semana, y nosotras como no también teníamos nuestro lugar. Subí las escaleras de la zona de luces donde se disponían varios reservados VIP. Ese día no habíamos reservado mesa, pero siempre teníamos la suerte de unirnos a un buen grupo de amigos que hubieran reservado. Después de horas de risas con unos y con otros, fuimos a la parte de breakbeat (quien no entienda del estilo que hablo, recomiendo mirar algún video de youtube).      No se cabía, hacía calor y la gente empujaba más que bailaba. Le pedí a mi amiga subir a la zona de la barra que se veía más tranquila y pedirnos de paso algo de beber. Mientras ella pedía me apoyé en la baranda que separaba la barra de la pista grande de baile observando cada una de las caras y conversaciones entre luces de mil colores. Estaba en mis propios pensamientos cuando me dio por fijarme en alguien más de la cuenta.

Era alto, mucho más del resto que le rodeaba y con los que reía. Iba rapado al máximo y lucía una sonrisa preciosa. Más que dientes perfectos era su risa, era de esas típicas risas contagiosas que solo con verla se te pega. Sin querer me vi riendo a la vez que él sin saber de qué estaría hablando con sus amigos. Me miró de repente, tal mirada hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda, era más guapo de lo que esperabay eso no me gustaba nada, sentía debilidad por los guapos. La mala pata es que me cogió desprevenida riendo como una estúpida, y al mirarme no le quedó otra que sonreírme. Sin pensarlo dos veces me di la vuelta corriendo y tiré de mi amiga fuera de la barra.

“¿Qué te pasa?”

“Creo que me he enamorado del tío más guapo del universo”

Mi amiga se partió de risa, siempre andaba exagerando con un millar de cosas y ella me conocía lo suficiente para no dar demasiada importancia a ese supuesto “enamoramiento”. Incluso teniendo la personalidad de una niña de 6 años sin pudor ni vergüenza alguna, en esas situaciones me perdía por los caminos. Me temblaban las piernas y solía balbucear alguna estupidez por lo que el mejor remedio era correr, huir y no volver a ese sitio en mi vida. Como ya os decía antes, mi amiga me conocía a la perfección, así que se dispuso unirnos a los dos para romper el hielo con la típica excusa de “acompáñame antes de irnos al baño, porfa”. En ese trayecto tuvo la genial idea de cruzar entre los amigos de él y creyó oportuno ponerse a hablar con uno de ellos justo en el momento que me posicioné tirada por la mano de mi mejor amiga, justo enfrente suya.

“Hola” dijo sonriendo, casi me pierdo en esa sonrisa…

Ahora que lo recuerdo, tenía los dientes súper torcidos, nunca entendí por qué me gustaba tanto su sonrisa, a pesar de su mala combinación de dientes, tenía la sonrisa más original del mundo. Se presentó con nombre y apellidos, si, como lo veis, nombre y apellidos. Estaba segura de que lo había hecho queriendo para que le buscara en cualquier medio social o internet. Acto seguido me habló del fútbol y de cómo se había hecho un esguince en el tobillo, ahí pude entrar bien en la conversación ya que por ese tiempo estudiaba quiromasaje y se me quitaron los miedos conforme iba hablando de mi forma de trabajar y entramos en diferentes opiniones. Nos invitaron a irnos de la sala ya que cerraban, no nos quedó otra que despedirnos no sin antes pedirme el teléfono, obviamente le di el mío, pero no cogí el suyo queriendo con un “escríbeme tú cuando quieras”.

Me desperté ansiosa, algo en mi decía que me escribiría seguro y estaba como loca esperando el mensaje.

Efectivamente al mediodía recibí un mensaje haciendo uso de su esguince y mi habilidad en dar masajes con la excusa de cuando podré darle uno. Los dos sabíamos que ni a él ni a mí nos importaba el tema del masaje.

Quedamos para el día siguiente por la tarde en una terraza para tomar algo. Cuando llegué a la terraza allí estaba él, alto, guapo, bien vestido, con su sonrisa y en muletas, me dio mucha ternura. Nos llevamos toda la tarde hablando de nuestra vida y de lo que queríamos hacer. Él andaba un poco perdido al igual que yo en qué haríamos de mayor (de mayor, me hace vieja solo pensar eso), y más o menos coincidíamos en muchos ideales. Poco a poco la relación se fue consolidando y fueron pasando los días, semanas y meses juntos.

Era la primera relación que me presentaban a sus padres como “novia formal”, me sonaba bastante raro decir “suegros” pero me gustaba hacerlo.

Me abrió un ventanal al mundo de los sabores y olores. Siempre andábamos buscando un restaurante nuevo al que ir y casi siempre acertaba con sus platos e ingredientes. Adoraba la cocina y era bueno tenerlo en común ya que yo, a día de hoy, amo la cocina. Nunca me aburría con él, era divertido, charlatán y espontáneo. Pensé en más de una ocasión “es el amor de mi vida”.

Salí de mi entorno para meterme en el suyo. Empezamos a tener rutinas como ir a andar, cervecita por la tarde-noche, paella los domingos en casa de mis suegros y engancharnos a series para verlas todas las noches. Por ese tiempo obviamente yo vivía con mis padres, pero diariamente me quedaba en su casa hasta tarde con cualquier excusa para estar con él ya que vivía solo. De niña a mujer con novio, me creí todo eso. Tengo que deciros algo que es verdad, no soy para nada fácil de llevar, eso no me lo quita nadie, pero jamás haré daño a una persona queriendo o si creo que puede pasar, corto de raíz.

Como algo normal, empezaron las discusiones mucho más que de vez en cuando. Ya había cosas de sus “costumbres” que yo no soportaba y quizás él tampoco me soportaría. Con todo esto decidió empezar a salir más por las noches con los amigos y a hacer menos planes conmigo. ¿Mi pensamiento? Querer que eso funcione y ver dónde estaban los fallos para que entre los dos podamos limarlos al menos juntos, creo que no me equivoco al pensar que eso es el amor entre dos personas que se quieren. Por supuesto que todos discutimos, no habrá habido más discusiones que entre mi madre y yo en todo este mundo y aun así nos adoramos, sé que no es de comparar, pero el amor es el amor y yo lo defendía a capa y espada.

Poco a poco me fui sintiendo mal, me sentía utilizada y había cometido el error de haberme ido a vivir con él en plena crisis. Fijaros, mi primera crisis de pareja, la veo tan lejana y me veo tan pequeña en esos años y pensar que se me desmoronaba el mundo a mis pies con todo eso. Al fin, acabamos cortando la relación.

Lo pasé mal sí, pero una vez más tuve la suerte del verano por medio y hui con mis 30 maletas a la casa de playa con mis padres. ¡Qué alivio!

Puedo recordar que fue uno de los mejores veranos de toda mi vida. Sin saberlo me sentía liberada, tranquila, sin mirar el móvil a cada rato, despejada y sobre todo feliz. Le conté toda mi relación a una gran amiga mía que solo la veía en verano, día tras día iba contándole detalles con alguna cerveza en la mano o comiendo en un chiringuito. De ese modo conseguí soltar todo lo que llevaba dentro. Pero el verano acaba tarde o temprano, y volver a poner los pies en la tierra no sienta del todo bien.

Otra característica que tiene mi ciudad que he podido perfectamente verlo a través de todos estos años y me siento con la potestad de decirlo abiertamente, es que es como el programa de Gran Hermano. No me equivoco en lo más mínimo si digo esto, lo aseguro. Cada cosa que pasaba se magnificaba hasta tal punto que podía consumirte. Fijaros ahora al leer estos relatos, podéis ver a una adolescente en sus primeros años de amoríos y realmente no había más que eso, podéis reír incluso, pero aseguro que, en mi ciudad, una ciudad en la que nos conocemos TODO el mundo, cuesta salir de algo así.

Volviendo a la realidad, me costó no tenerle de nuevo en mis pensamientos y no sé cómo hizo para volver a mí. Si juntamos todas mis lagunas mentales podría escribir otro libro, no sé en qué estaría pensando el día que volvió a contactar conmigo para tan siquiera acordarme. Sé que fue él, mi orgullo lo he tenido desde que nací (a veces incluso me paso). Esta vez parecía que iba en serio, uno no vuelve si realmente no quiere a esa persona, es absurdo ¿no? Entrando el otoño recuerdo un viaje que hicimos con su mejor amigo y su novia a una casa de playa alquilada. Las vistas eran preciosas y el paisaje espectacular, pero parte de mí no podía disfrutar del todo ya que ciertamente no confiaba del todo en él. No paraba de pensar que poco a poco ganaríamos confianza de nuevo y todo volvería a ser como al principio. Tonta de mí.

Nosotros llegamos en nuestro coche y su amigo con la novia llegarían más tarde ya que la novia trabajaba. Así que había que ir a recogerles más tarde al pueblo para que no se perdieran a llegar a la casa. Antes, el GPS no era tan fácil de usar como ahora, en defensa de esos años. Una vez más me tocó a mí ir en busca de sus amigos, él estaba demasiado a gusto viendo el futbol en la TV. Cogí el coche y me pasó su móvil por si su amigo le llamaba poder concretar con él el punto de recogida o por si se perdían. Tampoco había suficiente confianza como para que su amigo llamara a mi móvil. No pude resistirlo, algo dentro de mí me decía que algo escondía, que algo pasaba o algo había hecho. Ya no me parecía tan entrañable como al principio. Paré en medio de la carretera comarcal y me metí en un móvil, acto siguiente en los mensajes.

Si se puede explicar con palabras cuando se te rompe el corazón en mil pedazos hasta el punto de pincharte dentro del pecho, fue justo lo que me pasó en ese momento. Tenía varios mensajes con diferentes chicas, algunos más fuertes que otros que ni tan siquiera se había molestado en borrar. Lo peor no fueron los mensajes del verano, al fin y al cabo, no estábamos juntos, fueron los mensajes en fechas que sí estábamos y no podía ni creérmelo.

¿Qué hacía ahora?

Lo único que me apetecía era largarme de allí, pero debía afrontar los hechos.

¿Cómo le digo que he mirado su móvil?

Se iba a poner a la defensiva, le conocía muy bien en las discusiones y pocas veces cedía, seguramente la excusa de que he “violado su intimidad” le valdrá para que termine la discusión y me quedara con cara de estúpida.

Con la mente fría y el estómago dándome vueltas como una noria, me sequé las lágrimas, arranqué el coche y me refresqué la cara con un poco de agua de una botella que tenía en el bolso, no quería que se dieran cuenta de nada hasta llegar a la casa. Eso me daría tiempo para idear algo. Les recogí con una sonrisa amplia e intenté distraerme hablando con los dos de la semana que habíamos tenido. Una vez llegamos a la casa, los dos amigos se abrazaron entre bromas y después de ayudar a meter las maletas no pude evitar irme corriendo a la habitación a seguir llorando. Me mordí el labio, juro que lo hice, pero me recorría un fuego de los pies a la cabeza y no sabía si debía matarlo en ese momento o romper en llanto.

“¿Se puede saber qué te pasa?”

“¿Qué has hecho todo este verano Juan?” ¡Plof! Ahí va el torbellino de preguntas que debería evitar hacer. Era y sigo siendo demasiado impulsiva. Antes me culpaba de ello, ahora me enorgullezco en decir todo lo que pienso en el momento, creo y he experimentado que es lo mejor. Entre discusiones intentaba evadirse, sabía aparte que sus amigos estaban abajo y eso me hacía sentir mal, pero no podía parar, necesitaba que él me lo dijera antes de decirle que lo había leído todo. Al principio él no entendía a qué venía eso, me preguntó que con quien había hablado, que de qué hablaba, que le estaba volviendo loco… No sé si se dio cuenta o se hacía el loco queriendo. No tuve más remedio que contarle lo de su móvil, se quedó blanco lo cogió y se largó del cuarto dando un portazo.

Ya está, está acabado por fin, no deberíamos haber vuelto nunca, con lo bien que estaba ya joder…

Estuve un largo rato llorando y recogiendo la ropa y volviéndola a guardar. No podía irme de allí, aunque era lo que deseaba. Una parte de mí deseaba que estuviera arrepentido y me quisiera solo a mí en este mundo. Pobrecita mía. Efectivamente al cabo de unos minutos subió, le escuché subir por las escaleras lentamente y sabía que vendría como un perrito pequeño. Entró y me explicó que nada de eso tiene importancia, que hizo el tonto y que está seguro de que me quiere y solo quiere estar conmigo.

Os imagináis que siguió ¿no?

Si no es así sigo.

Cita

Rasgos de un hombre mujeriego:

-Se ama a sí mismo más que a cualquier cosa

-Te muestra interés a ratos

-Revive en la noche, como los murciélagos

-Está muy seguro de sí mismo y su belleza

-No te pregunta por tu vida, habla más de la suya

-Pone excusas para no salir contigo

-Huye del compromiso

Toda nuestra relación volvió a lo mismo.

Todas sus idas y venidas con mil excusas hacían que me saltaran las alarmas, pero no era capaz de dejarle. Habíamos cogido otro piso juntos y decidimos empezar de 0, grandísimo error. Debí dejarle cuando pude. Os he hablado varias veces de mis lagunas mentales, pues el fatídico día que viví a continuación, no se me borrará jamás de la mente, creó en mí numerosas pesadillas durante bastante tiempo. Era el cumpleaños de una gran amiga mía y fui a celebrarlo con su grupo de amigas a su casa. Pude ir andando ya que vivíamos prácticamente cerca, las dos nos habíamos mudado al mismo barrio.

Juan estaba como de costumbre con algunos amigos suyos saliendo, no contó conmigo por supuesto, pero era de esperar y lo llegué a ver hasta normal. Salimos después un rato de fiesta todas las niñas y a eso de las 5 de la mañana me apeteció irme a casa, no paraba de darle vueltas a mi relación y me tenía en vilo completamente. Cerca de donde vivíamos, había un bar de copas muy conocido que solía ir mucho la gente a altas horas de la madrugada, justo pasé por la puerta andando y me encontré con un íntimo amigo que casi me obligó a entrar en él. Pero le dije que no me apetecía y me fui en taxi a casa. Casi amaneciendo, empezó a sonarme el móvil. Era el amigo que me había encontrado y pasé de contestarle, le había gustado durante mucho tiempo y no quería dar lugar a tonterías, prefería respetar a Juan, ante todo. Al momento me empezaron a llegar mensajes uno tras otro y no pude evitar mirarlos, eran de mi amigo: “Debes venir al bar ahora mismo”.

De la manera que me lo escribió le contesté sin pensarlo, me salió solo de lo más profundo de mi ser “está con otra, ¿verdad?” “si, ven rápido”. Jamás pensé que podría volver a romperme el corazón en mil trozos como el día que estuve aparcada mirando su móvil en esa mierda de carretera convencional, esta vez fueron 3000 pedazos y un trozo de mi alma. Me vestí corriendo con lo primero que pillé y cogí un taxi hasta el bar.

Allí estaba, en la puerta del bar, frente a un centenar de miradas, agarrado a una chica y dándole besos. En dos horas y no exagero, le quité las llaves del piso, salí con todas mis maletas por delante hacia casa de mis padres hasta día de hoy. No le volví a permitir ni un acercamiento más, y fueron varios.

Esto es experiencia. Nunca me arrepentiré de nada de lo que he vivido porque gracias a ello soy la persona que soy ahora. Habrá quien tienda a pensar que lo hizo por pura tontería, pero tiempo después me enteré de todo lo que debía enterarme o no, lo que sí sé es que hoy en día le he perdonado, incluso me da gran pena y espero de corazón que nadie que esté a su lado sufra lo que yo sufrí.

Me quedo con las noches de risas, las experiencias nuevas y el portal a una nueva vida que, gracias a todo eso, estoy donde estoy ahora.

Número 1: El machista

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1# Días de instituto…

Apenas habían empezado las clases.

No tenía seguro si artes era lo que quería hacer, pero hasta el momento era lo único que me llamaba más la atención. Estaba lloviendo a mares y corrí desde la parada del bus hasta dentro del instituto carpeta en la cabeza para taparme de la lluvia. Normalmente iba andando desde casa cruzando el parque, pero días como esos debía correr y coger bus.

En esa época gozaba de buenas amistades. Artistas jóvenes dedicados expresamente al dibujo y sin pizca de ganas de entrar en clases como filosofía o historia del arte. Nos pasábamos las horas entre los pasillos viendo bailar a grupos de chicos break dance.

He de admitir que fueron los mejores años de mi vida hasta el momento.

Entré como cada día en clase. Solía ponerme al final con algunos compañeros para evitar llamar la atención del profesor y salvarme de tener que exponer mi trabajo frente a la clase, odiaba aquella clase de cosas. Ese día me senté detrás de David. Siempre tonteábamos con la música y compartíamos los cascos tapándolos con el pelo para que no se dieran cuenta en clase. Era un gran amigo, más que un amigo diría yo. Me sentía fenomenal con él. Me enseñó mucha buena música e hizo que descubriera un nuevo mundo en melodías y nuevas canciones. Cuando acabamos la clase se dio la vuelta en la silla mirando hacia mi mesa para contarme su fin de semana y yo le contara el mío. Realmente el mío no tuvo nada de especial.

Por lo visto celebró el aniversario de un año con su novia y le preparó una sorpresa con flores y fresas en la habitación de un hotel.

Si pensamos que en esa época rondaba los 18 años, imaginad la magnitud de una habitación de hotel decorada con pétalos de rosas y fresas con chocolate en una gran cama de matrimonio.

“¿Y tú qué?”

“(Y yo que… Lo más divertido que he hecho ha sido jugar a Los Sims en el ordenador)”.

Después de estar hablando largo y tendido de muchas tonterías, fuimos al descanso en el patio. Ese día no tenía ganas de salir a desayunar al bar, me apetecía escuchar música mientras pintaba en un banco.

Mientras estaba metida en mi burbuja de colores, se me acercó Noel y me colocó una ilustración encima de mi dibujo. Era un folio con dos imágenes. La de la izquierda era una foto mía mirando un cuadernillo con el pelo medio recogido y mordiendo un lápiz, seguramente estaría pintando de nuevo. La imagen de la derecha era un dibujo hecho a ordenador tipo cómic, de un personaje llamado “Leona” y el cuál él me aseguraba que era igual que yo. Esas cosas me enternecían. No engaño si os digo que siempre me regalaban dibujos míos, de personajes inventados parecidos a mí y cosas como esas.

Gracias a que me gustan muchos los recuerdos de mi niñez, tengo una carpeta repleta de ellos en mi trastero, la cual para mí es un tesoro.

Cómo era la mentalidad joven que nos fiábamos de las personas y no teníamos prejuicios. En esta época cualquiera que te pase una foto tuya sin que te hayas dado cuenta tenderás a pensar que es un acosador y lo mejor será bloquearle de todos los medios sociales…

Sonó la campana que anunciaba el tener que volver a la realidad. No me importó demasiado ya que la clase que venía a continuación era mi preferida, Volumen. Tocaba sentarnos en pareja y hacer cada uno una figura que quisiéramos con alambre y arcilla. Yo dibujé previamente en un folio una bailarina de ballet clásico en arabesque. Iba a ser un tanto complicado, pero debía intentarlo si quería impresionar a la profesora. Después del dibujo, preparé la estructura con alambre donde iría colocando seguidamente partes de arcilla hasta conseguir la figura de mi dibujo. Menos mal que teníamos dos horas de clases seguidas, algo me daría para adelantar. Mi compañera ese día fue Sandra. No solíamos hablar mucho. Ella era aplicada, buena estudiante y tranquila, yo en cambio era un manojo de locura y nervios.

“Le gustas a un amigo mío”. Me dijo susurrando mientras hacía su figura. No recuerdo qué estaba haciendo ella, suelo borrar de mi mente ese tipo de detalles. “Me lo dijo antes en la salida después de comprar un bocata”. Me contestó sin yo haberle tan siquiera preguntado o hablado nada todavía.

“¿Le conozco?”. Estaba segura que sería alguno de la clase. El típico que me regalaba dibujos o le pillaba mirándome en los pasillos. Pobrecitos míos que tiernos eran.

“No creo que le conozcas, es de 2º y no suele quedarse en los descansos”. Había despertado mi joven curiosidad. Chico interesado en mí + curso superior + no se quedaba en los descansos (¿qué haría en ese tiempo?) = ¡¡alarma adolescente pitando!!

“Por lo visto te ha visto varias veces pintando y me ha preguntado tu nombre y tal”.

En ese momento se acercó la profesora. Tampoco recuerdo bien su nombre… Pero recuerdo perfectamente haberle odiado por ese corte de conversación que estaba tan interesante.

“Luego te digo quien es a la salida”. Me volvió a susurrar Sandra dando por hecho que la conversación debía acabarse si no quería que la echaran. Pequeñas diferencias entre las dos, a mí me daba igual que me echaran, así podía continuar dibujando, ella en cambio podía morirse si la expulsaban de clase.

Una vez acabado todo, estaba deseando salir del instituto para conocerle.

Me paré en la puerta y me senté en un lado de las escaleras para disimular que estaba buscando algo en mi maleta, mientras con el rabillo del ojo deseaba ver salir a Sandra por las puertas. Por fin salió y se sentó directamente conmigo en las escaleras. Disimuladamente y mirando hacia abajo, me dijo que era el chico que estaba frente a la copistería con una bici azul y blanca. Me fijé esmeradamente en él. Realmente no era lo que esperaba, pero me pareció dulce que me haya observado y preguntado por mí a mi compañera. Vuelvo a tener lagunas de cómo fue nuestra presentación. Si debo aclarar algo de mi personalidad, soy 100% aguadora (quien lea estas líneas y sepa lo que es estar en la mente de una Acuario, entenderá de qué hablo). Solemos olvidar-borrar-ocultar-disipar pequeños detalles que en esos momentos no fueron importantes pero que en realidad para el resto de personas sí que lo son.

Cómo explicarme, sí que son importantes, quizás nosotros no le damos una importancia absoluta ya que en ese momento quizás pasaba por el lado una chica con botas de flecos de colores y en nuestra mente se alumbró la bombilla de “eso tengo que hacerlo con mis botas antiguas”.

Los siguientes días fueron muy divertidos. Me hacía reír y aun estando en una clase superior, me parecía tan infantil al lado mía que me daban ganas de abrazarle constantemente. Estuvimos un tiempo con la tontería, incluso creo que llegamos a llamarnos “novios” frente a la gente, pero en un arrebato de los míos de mi gran personalidad bohemia, decidí largarme de mi ciudad por un tiempo a aprender francés, de repente, sin tan siquiera pensarlo, y tan solo por haber visto la película Amelie la noche anterior. Sé que le hice daño. Fue un gran error, pero era lo que necesitaba en ese momento.

Tiempo después y pasadas grandes experiencias en mi estancia en Francia. Volví a mi ciudad natal por añorar a los míos y a mi familia.

Ya que había probado el trabajar y tener mi propia economía, me adentré en el mundo laboral de la mano de una tía mía que tenía una coctelería en pleno centro de la ciudad. Se había vuelto más que popular el sitio entre los jóvenes mientras estuve fuera. Me gustó entrar en ese mundillo de los fines de semana de colocarme el tacón, pintada y a la barra a preparar cócteles. Por gracia o por desgracia en ese tiempo también decidió buscarse la vida mi querido Luis, si, ese chico de la bici blanca y azul de mi instituto.

No le culpaba. La coctelería se había vuelto viral y todo el mundo que quería ganar dinero estaba trabajando ahí. Debo prometer por si me estáis juzgando, que jamás supe que estaba ahí trabajando hasta el primer día que entré y le vi recogiendo los vasos y copas de las mesas. También debo prometer que me dio un vuelco el corazón.

Algo había cambiado en él. Quizás estaba más mayor, más grande, más hombre. Había pasado un año más o menos desde la última vez que nos vimos. Al principio solíamos hablar por el MSG, luego nos fuimos escribiendo menos, hasta dejar de escribirnos del todo. Él no me echaba de menos (eso pensaba yo), yo no le echaba de menos (eso pensaría él).

Si antes de irme dominaba completamente la situación de Luis, es decir, “le dominaba” o dominaba la situación, ahora no lo tenía tan claro. Me puse nerviosa al verle, y temí que se me notara. Se acercó a la barra con su gran sonrisa blanca y sus ojos verdes y no pude evitar sonreírle abiertamente, tenía ese don, por mucho que me enfadara con él o discutiéramos, si me sonreía caía como una tonta. Sí que algo había cambiado en él. Ni por asomo era ese chico inocente que dejé meses atrás. Ese chico infantil que se le escapaba un “te quiero” cada dos por tres y tanto me agobiaba. Ahora se le veía seguro, altivo incluso un poco chulo. Eso quizás no me gustó tanto.

Pasamos muchas horas juntos, demasiadas diría yo. Nos empleábamos a fondo (él más que yo debo admitir) en poner celoso el uno al otro y lanzarnos miradas fulminantes desde todos los puntos de la coctelería. Teníamos un tonteo increíble que hacía que me cosquilleara la barriga constantemente. Volvimos a hablar por el Msg. Había noches que nos quedábamos hasta las 5 de la mañana hablando de tonterías y contándonos nuestros secretos más profundos. Volvimos a conectar y esta vez lo valoré mucho más que antes. Pasamos un buen tiempo juntos, no sé si fueron 3 meses, 6 meses o un año, pero recuerdo cada detalle de la relación con cariño. Al principio todo iba bien. Hacíamos mil planes coincidiendo con primos suyos que tenían novia e incluso organizábamos viajes juntos las parejas. Me lo pasaba en grande.

Pero pronto pasó la gracia y el “amor”.

Empezó a comportarse mal. A veces era frío incluso borde conmigo y no paraba de recriminarme el haberme ido a Francia. Cuando pensaba que lo había olvidado lo tenía bien clavado dentro. Tonteaba con chicas en el bar, yo le dejaba hacer el tonto sin importarme y eso le hacía enfurecerse más.

El primer día de las fiestas de primavera, él tenía libre y yo tenía que quedarme a trabajar hasta tarde por lo que no me daba tiempo ir a cenar con el grupo de amigos. Quedamos en que cuando llegara a casa me vestiría e iría donde él estuviera para unirme al grupo. Sorprendentemente para mí, decidió cambiar los planes sin contar conmigo y cuando le llamé por teléfono para reunirme con él, aparte de estar ya con un par de copas, me sugirió vernos al día siguiente porque estaba con unos amigos de fiesta. Ni corta ni perezosa dejé nuestra relación en ese momento. Soy impulsiva lo sé, habrá quien piense que debía haber esperado al día siguiente, ser paciente, pero con 20 años una no se anda con estrategias adultas. Se corta y punto.

¿Me quedé en casa? No.

Llamé a la novia de mi mejor amigo, la cual me entendía a la perfección y nos contábamos las batallas diariamente, y quedé con ella en ir a las fiestas. Nos pegamos toda la noche de bar en bar terminando con el grupo de amigos de su hermano mayor. Me lo pasé en grande. Para mala suerte de Luis, y juro que no lo hice aposta, le llegó un mensaje de un amigo que me había visto bailando con “alguien” en un bar. Eso hizo enfurecerse bastante porque decidió esperarme en su coche en la puerta de mi casa hasta que yo llegara.

Cita

Actitudes machistas:

-Cree que sólo lo necesitas a él

-Se cree tu único dueño

-NO le gusta que vayas de fiesta

-Te subestima a menudo

-Quiere que sea tu único centro de atención

-Le cae fatal que tengas amigos hombres

-Te acusa de ser infiel

-No le importan tus hobbies o pasiones

-No te apoya en tus planes y deseos 

Cuando llegué ya estaba amaneciendo e iba un poco tocada de las copas. Cuando le vi sentado en su coche con cara de enfado no me dio otra que reírme e ir en su búsqueda de broma. Justo me crucé con un chico que iría de camino a su casa al igual que yo y se me ocurrió pedirle fuego para encender un cigarro, con tan mala suerte que ese acto hizo enfadar mucho más a Luis, inocente de mi ni lo pensaba. Me monté en el coche con mi cigarro y mi risa floja y le pregunté que qué tal su noche. Empezó a hablarme mal, a soltarme barbaridades y mentiras y consiguió que mi tontera de las copas se me bajara al tobillo. Le dije de dar una vuelta por el barrio para no discutir enfrente de mi casa. Empezó a conducir y a decirme que le habían contado “que no paraba de tontear con mil tíos”. Mil. ¿Mil? ¿En serio?

No discutí nada, solo tenía ganas de que se desahogara y me dejara en casa. Cruzamos una calle cuando los planetas se alinearon haciendo que nos cruzáramos de nuevo con el chico que me había dado fuego, miró hacia el coche y sonrió, con este pequeño gesto humilde y de buena fe, hizo que Luis frenara de golpe y me gritara “con éste es con el que has bailado toda la noche ehh…” Se bajó del coche y se fue a por el chico. Sobra decir que no volvimos a vernos en un tiempo bastante largo. Dejé de trabajar en la coctelería y me centré en mis nuevos estudios.

El verano por medio hizo que todo fuera más fácil. Conocí a gente nueva y volví a ver a gente antigua que llevaba tiempo sin ver. La época de estudios con vacaciones de 3 meses se echa mucho de menos, hay veces que sueño que he vuelto a ese tiempo. El estar con una persona completamente machista hasta la médula, hace que no puedas olvidarte de él del todo. Inconscientemente crea en ti una dependencia hacia él. Me costó quitarle de mis sueños y pesadillas (más pesadillas que sueños), pero pude por fin hacerlo.

Lo malo de este primer relato son los años que me quedé con él en mis pensamientos. Teníamos miles de amigos en común incluso mejores amigos nos unían. Nos veíamos siempre, todos los fines de semana y de vez en cuando aparecía su sonrisa pícara y alguna llamada de atención. Tuvimos amago de volver varias veces, pero sabíamos que no nos llevaría a nada y al cabo de los años conseguimos por lo menos mantener el respeto mutuo. Si hay algo que siempre he defendido y nunca me equivoqué, es que es un gran amigo, de los de verdad, aunque yo no haya probado nunca esa buena faceta de él.

Hubo muchas historias de por medio las cuales sobra contarlas, son historias nuestras, de los dos y nadie más y prefiero dejarlas guardadas en mi tesoro, mi baúl de los recuerdos junto a esa carpeta de dibujos hechos solo para mí.